Todo lo que has vivido, todo lo que has estudiado, todo lo que has viajado, todo lo que has leído, tu música, los conciertos en los que te has entregado, todo lo que has amado, sentido, escrito, la gente a la que has conocido y saludado, invitado, esperado, todo lo que has hecho o pensado hacer... de nada sirve, en nada te ayuda, para nada te hace sentir mejor, cuando un niño dice que no le caes bien.
El en Lille
jueves, 16 de mayo de 2013
viernes, 23 de marzo de 2012
55
L'alcool embarque. Por supuesto, no te das cuenta hasta que vas al baño. Y después te acercas al ordenador desde el que sale la música y ves Rebellion (Lies) en la lista de reproducción. Estás bien, pero al rato decides irte de la fiesta. Estás cansada. Y ojalá estuvieras en Montréal.
La Madeleine. El tranvía. Junio del año pasado, cuando te bajabas en Metropolitano e ibas a la biblioteca de la Complu a estudiar matemáticas. Un día, y otro, y otro. Siempre escuchabas la misma canción y soñabas con América. Era aquella época, los cambios se avecinaban. América en Biología, y Francia en Medicina. Hablaste con Gonzalo, comías con Marta. El verano estaba llegando.
Lille. En la silla de aquel japonés estuvo sentada Natalia. En ese callejón te hiciste una foto con Álvaro. La semana que viene vendrá Amaya. Todo se está llenando de referencias, y tú no te das cuenta. No te diste cuenta con Montréal. Y luego no te dejarán marchar. Te fuiste de aquella biblioteca, viviste en América y viviste en Francia. Y aún no lo has asimilado. Tú eras una persona que nunca había estado en América, que nunca había vivido en Francia. Hasta que todo ocurrió tan deprisa que está a punto de acabar, y el impacto va a doler. Aún no sabes cómo serás después, ni cómo eres ahora, ya. Pero sabes que has cambiado.
La Grand Place. Calle arriba, calle abajo. Bolsa de tela arriba, bolsa de tela abajo. La estrujas como si abrazaras a alguien. Y como si te aferraras a un recuerdo. Todo se acaba. Quiero volver. Y la música de los Arcade suena al máximo en tus auriculares. No importa que te destroce los oídos. La ciudad vibra con ella. Y miras a los ojos a la gente que pasea de noche. No importa que la mayoría no te devuelva la mirada. Buscas a alguien que conecte con tu música y con tus ojos. Que te dé una señal de que esto continúa.
miércoles, 15 de febrero de 2012
54
L'étranger.
La gâchette a cédé, j'ai touché le ventre poli de la crosse et c'est là, dans le bruit à la fois sec et assourdissant, que tout a commencé. J'ai secoué la sueur et le soleil. J'ai compris que j'avais détruit l'équilibre du jour, le silence exceptionnel d'une plage où j'avais été heureux.
Vivo en el centro de Lille, y no ha sido hasta hoy, que he ido a una de las últimas paradas de una de las dos líneas de metro, que me he dado cuenta de lo grande que es esta ciudad y de que hay unas veinte paradas más en cada dirección, con sus nombres y su gente que va y viene y que no vive en el centro de Lille.
Imagino que de igual modo la gente que vive en el centro del mundo no es consciente de las otras realidades que existen más allá de su centro.
Para ellos (o para nosotros), oír en el telediario sobre violencia, muerte, miseria, supone romper un poco el equilibrio del día, y puede que el desayuno les (nos) siente un poco mal.
Yo me empeño en dar las mismas vueltas una y otra vez por los mismos lugares y no pienso en que hay un mañana por el que preocuparse o que si miro hacia abajo hay alguien que lleva allí toda la noche y que no está disfrutando de la belleza de la Vieille Bourse porque ya conoce cada detalle de memoria.
Pero un día se rompe el espejismo y saltamos al otro lado.
Alors, j'ai tiré encore quatre fois sur un corps inerte où les balles s'enfonçaient sans qu'il y parût. Et c'était comme quatre coups brefs que je frappais sur la porte du malheur.
martes, 24 de enero de 2012
53
Sal a la carretera. Siente la lluvia horizontal en la cara y el aire frío en las manos. Avanza, avanza, avanza. Semáforo en rojo. Frena. Mira hacia arriba. Un tejado. Otro tejado. Otro tejado. Luz apagada. Luz apagada. Luz encendida. Alguien cocina. La lluvia te golpea los ojos. Arrójale el vaho. Semáforo en verde. Acelera. Un coche se incorpora de una callejuela de la derecha a tu calle principal. Frena, frena, frena. Las ruedas patinan sobre el suelo mojado. Siente el despegue del corazón al presentir el estallido, como cuando se te cae un vaso de las manos y lo coges al vuelo. El estallido no se produce (en una realidad alternativa el vaso se ha estrellado contra el suelo). El corazón tarda unos minutos en asumirlo. Semáforo en rojo. Contempla, a la luz de las farolas, la lluvia convertirse en nieve. Llega a casa. Luz encendida. Luz apagada.
lunes, 16 de enero de 2012
52
El asesino de la Deûle vuelve a hacer de las suyas. No es política, ni religión, como aquel diciembre en Belfast en el que las cosas se iban a poner un poco peor para luego mejorar, en el que retrasaban la salida de los trenes casi todos los días por las amenazas, en el que entre un barrio y otro en el oeste hay aún muros de paz, barreras que aún se cierran por la noche (con gente que llega a ser infinitamente amable con los extraños, y a tener paradójicamente este terrible enfrentamiento con el vecino, que es el igual); es sólo Lille queriéndose dar aires novelescos de ciudad maldita. Beware!
viernes, 6 de enero de 2012
51
Mi mañana de reyes comienza aún de noche, pedaleando cuesta arriba, contra el viento y morriñosa, mientras todo el mundo aún duerme, sintiéndome la única pringadilla que ha salido a poner las calles (para que, cuando la aurora llegue, alguien la reciba en su boca, sabiendo que hay mañana y esperanza posible). La semana que viene todos habrán vuelto y será mejor porque podremos compartir cuentos de Navidad, aunque la luz de nuestras ventanas se encienda a las seis los viernes (pero mal de muchos consuelo de tontos). En el colegio alguien ha traído roscón y lo cortamos en veintidós trozos. No se puede estar triste cuando hay niños. Que en el cine nos toque una de las de llorar, y que el vino sea amable. (Parte: estoy deseando revelar las fotos. El tráfico sigue igual de caótico.)
jueves, 29 de diciembre de 2011
50
Reflexiones desde Madrid (tras hacer muchos kilómetros y pasar un poco de frío en Hiendelaencina):
El año pasado, cuando Madrid era mi campamento base, suponía un alivio y un poco de emoción poder coger la maletita de mi padre y plantarme en Barajas o en Avenida de América para poder hacer una pequeña escapada a Barcelona (¡dos veces!) o a San Sebastián, y al volver querer ser catalana o vasca aunque fuera en esta ciudad provinciana donde todo está en un idioma sólo. Este año, que ha dejado de serlo temporalmente, se ha convertido ella en una de esas escapadas, aunque a donde escape sea una ciudad en unos días donde sigue habiendo luces encendidas de noche en las oficinas de la Castellana pero no niños en uniforme escolar saliendo del cole con sus mochilas de ruedas a las cinco de la tarde. Ayer acabé un libro de Lorenzo Silva que hablaba de Madrid como una patria lejana vista desde Nueva York (ciudad que, por supuesto, si fuéramos treintañeros y viviéramos allí, estaría a nuestros pies y quemaríamos desde nuestro apartamento de sit-com en pleno Manhattan), aunque ninguna de las páginas la he leído estando aquí (lo empecé en un tren que salía de Estrasburgo y lo terminé en otro que aún pasaba por Puertollano). Elementos tan familiares, que siempre había dado por sentados, como la Vaguada o el 147 quedan a miles de kilómetros cuando voy a trabajar en mi peugeot blanca de paseo (de treinta y cinco años) y tengo que dar los buenos días en un idioma extraño. En estos tiempos que corren nos veremos forzados a optar entre añorar para siempre nuestra tierra o aquel año que pasamos fuera e hicimos muchas cosas. Yo sólo me había cansado de mi ciudad, a todos nos pasa. Necesitaba echarla de menos para querer volver.
Adiós, 2011 de revoluciones (Pedro, Elena, me acuerdo de vosotros).
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